Todos tenemos la capacidad de saber cuándo tenemos hambre, de escuchar a nuestro cuerpo, de saber interpretar esa cascada hormonal que se desencadena en momentos de hambre o de saciedad; pero en algunos casos esta habilidad se ha ido perdiendo, nos hemos ido desconectando de nuestro cuerpo por diferentes razones, principalmente por el estrés, por el miedo a engordar o por las temidas dietas.

La cultura de la dieta nos ha acompañado desde edades muy tempranas, como si se tratase de un personaje de una obra de teatro que representa diferentes papeles. A este “personaje” lo hemos visto en los anuncios de televisión, en las revistas de moda, en las vallas publicitarias, en las redes sociales, en los frontales de nuestros cereales de desayuno, etc… y ya más de cerca nos lo hemos topado en las comparaciones que hacían nuestras madres con la vecina de al lado, en los vestuarios tras una clase de educación física o incluso en la forma diferente en la que nos sienta la ropa a unas y otras.

Esta cultura de la dieta nos ha hecho mucho daño y ha incitado en muchas ocasiones al desarrollo de relaciones disfuncionales con la comida, en las que se pierde esa capacidad de autoobservación y se da paso al autocontrol.

En el momento en el que intentas controlar tu cuerpo obviando esas señales internas que él mismo te envía, eligiendo tú mismo qué comer y cuándo comer siguiendo algún tipo de patrón, estarás regulando tu conducta alimentaria desde la mente, desde el control.

Las dietas, las prohibiciones o las restricciones no son más que diferentes colores de un mismo espectro; es la forma en la que elegimos comprar ciertos alimentos por su fachada (light, 0%, sin grasas), es la forma en la que pesamos los alimentos y los disponemos en el plato o es la forma en la que comemos esto porque es lunes y es lo que toca, aunque realmente no nos apetezca.

Al imponernos estas restricciones nos estamos autosaboteando, le estamos negando a nuestro cuerpo la capacidad de satisfacer ciertas necesidades con la ingesta de determinado alimentos, y, al no atender esa necesidad, en los momentos en los que por algún motivo bajamos la guardia, en los momentos de “debilidad” en los que perdemos la capacidad de control, esa necesidad coge carrerilla y ya no hay quien la pare. ¿A quién no le ha pasado de coger un cuadradito de chocolate y acabar comiendo la tableta entera? Esto es una consecuencia natural de esa contención, porque nuestro foro interno, acostumbrado a que sea la mente la que le dicte las normas, la que decida lo que está bien y lo que está mal, cuando coge a la mente en un renuncio, aprovecha la ocasión para campar a sus anchas.

Del mismo modo que hay días en los que estamos más cansados que otros y le damos descanso a nuestro cuerpo o días en los que nos apetece estar a solas y buscamos ese espacio, con la comida debería pasar lo mismo; deberíamos aprender a interpretar esas señales internas, a atender esas necesidades y satisfacerlas, solo de esa forma lograremos tener una relación sana con la comida.

Te invito a que te detengas y escuches a tu cuerpo, él sabe lo que se hace.

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